Consenso moral

Cuando hablamos de “consenso” pensamos en un acuerdo entre los miembros de una sociedad, en referencia a principios, valores y normas, a partir de la existencia de creencias compartidas.

En su artículo titulado What Do We Agree On? El profesor David Carlin recuerda que hace tiempo atrás era una creencia asumida que la coherencia social exigía profesar una religión común. Esta fe compartida garantizaba el consenso moral necesario para que las distintas comunidades alcanzaran la convivencia pacífica y fructífera dentro de la sociedad. No obstante ello, las sucesivas guerras por motivos de fe que en particular sacudieron a Europa, determinaron la convicción de que la uniformidad impuesta no siempre funcionaba bien, y allí se sentaron las bases de la libertad religiosa. Fue un proceso lento y gradual, al cabo del cual tanto América como Europa concluyeron que la sociedad bien podía permanecer unida sin necesidad del consenso en dicho ámbito.

Esa ausencia de consenso religioso formal, no implicaba que de hecho no estuviera presente uno informal. Sin la opción de imponerse con el respaldo de la fuerza del Estado, ni resultar obligatorio por ley, en buena parte del siglo XX fue el factor aglutinante de Occidente el sustrato judeo-cristiano, pautado por todos los factores de acuerdo sólido entre quienes profesaban distintas creencias pero coincidían en un núcleo duro común. Sin embargo, a partir de la segunda mitad de tal siglo, este acuerdo colectivo informal comenzó a resquebrajarse, y profundas divisiones se tornaron visibles dentro de la sociedad.

¿Es posible cohesionar un entramado social si no existe un acuerdo base en función de valores compartidos? Al respecto, Carlin cita el pensamiento del filósofo católico francés Jacques Maritain (1882-1973), según el cual, donde el consenso religioso resulta imposible, siempre puede alcanzarse un consenso moral, con apoyo en la “ley natural”, aplicable a todos los seres humanos por ser inherente a su condición de tales, sean creyentes, ateos o cualquier categoría intermedia.

Lo cierto es que las sociedades actuales presentan una característica que las diferencia de modelos históricos anteriores, vinculada a la exigencia de tolerancia, valoración y respeto de posiciones y creencias diversas. Para convivir en una sociedad plural, se vuelve un imperativo la necesidad de alcanzar consensos que impliquen armonizar distintos aspectos; desde éticas mínimas de convivencia hasta ideales de vida.

La idea del consenso moral basado en la ley natural como sustituto perfecto del consenso religioso aparece como una alternativa atractiva. Lamentablemente, en la práctica, se ha mostrado como una meta demasiado ambiciosa. No existe en Occidente hoy un consenso moral en muchos temas clave, como el aborto, el matrimonio y adopción entre parejas homosexuales, o la eutanasia, por citar solo algunos.

Afectan a nuestras sociedades severas divisiones en cuestiones de moralidad, y las diferencias parecen destinadas a agravarse. El individualismo, la centralidad del “yo”, el relativismo arraigado, conspiran en su favor. Los mismos sectores que reclaman tolerancia para sus prácticas o creencias, son los primeros en amordazar a aquellos cuyas creencias se oponen a las suyas. Pensemos, a vía de ejemplo, en las exigencias a legislar limitaciones a la objeción de consciencia que los partidarios del aborto legal promueven como parte de su plataforma. Pensemos también, dentro de Uruguay, en la “pérdida de códigos” que se señala como un factor determinante en la escalada de violencia delictiva.

¿Hacia dónde vamos? ¿Qué panorama podemos vislumbrar en el horizonte? Ante un poco probable eventual resurgimiento de consensos morales o religiosos; y una menos alentadora perspectiva donde lo único que cohesione el tejido social sean reglas mínimas de ética económica, queda planteado el irrenunciable espacio para la reflexión y la acción donde se juega nuestro futuro. La prescindencia no es aquí una opción válida.

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