Galileo Galilei por la Comedia Nacional

Bullying a la Iglesia Católica

Con gran despliegue escenográfico la Comedia Nacional puso en escena en la capital de Uruguay la obra Galileo Galilei, del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, escrita entre los años 1938 y 1939.

Todas las obras de Brecht están ligadas a su postura ideológica marxista. Entendía que el teatro podría contribuir a modelar al mundo según la cosmovisión que él promovía. Ergo, cuando alguien concurre como espectador al teatro en circunstancias como esta, sabe de antemano qué debería encontrar. No obstante, esta nueva versión montevideana agregó un llamativo ingrediente adicional que solo puede categorizarse en la expresión del título del artículo. Un ingrediente ejercido con inverosímil intolerancia o falta de respeto por la diversidad de pensamiento.

Si habrán corrido ríos de tinta acerca de la historia de Galileo, considerado uno de los científicos más emblemáticos de la historia, y el enfrentamiento que tuvo con la iglesia católica. Galileo se ha convertido en el paradigma de la iluminación, la libertad de pensamiento y el avance científico, susceptible de ser esgrimido para causas ideológicas de actualidad, desde el aborto al matrimonio homosexual, pasando por cualquier otra bandera de la nueva agenda de derechos. Un conflicto donde, de más está aclararlo, en el rincón del oscurantismo encontramos a la Iglesia Católica. Brecht lo recrea para la ficción incorporando anacronismos marxistas en diálogos y situaciones que tuvieron lugar en el 1600, algo válido en clave de licencia artística.

La Comedia Nacional acomete este clásico también a partir de una postura ideológica definida. Desde el relativismo propio de nuestra época, la idea de que alguien pueda tener la “Verdad” es inaceptable; por lo tanto, muchas de las frases icónicas del texto original debieron someterse a la inquisición de este nuevo dogma. Consecuentemente, la duda pasa a ocupar el centro de la escena. Nada de heroísmo, nada de trascendencia.

Vayamos a los hechos históricos. Es una creencia aceptada que la Iglesia Católica persiguió a Galileo por pretender desacreditar la teoría geocéntrica del universo (esto es, que la Tierra era el centro del universo), postulando en su lugar la heliocéntrica que hoy todos sabemos es la cierta. Pero, ¿cuál es la verdad del caso Galileo? Aunque parezca de perogrullo, no está de más comenzar explicando que la Iglesia no aborrece ni condena a la ciencia, sino todo lo contrario. En tiempos de Galileo, los jesuitas contaban con un equipo muy respetable de astrónomos instalado en Roma. Muchos científicos notables a lo largo de la historia recibieron el apoyo y la subvención de la Iglesia como institución. Son innumerables los avances científicos que se deben a investigaciones financiadas por la Iglesia, incluso llevadas adelante por sacerdotes y religiosos.

La postura anticatólica se ha valido del caso Galileo para ejemplificar las actitudes supuestamente retrógradas de la Iglesia. En este esfuerzo, se omite información crucial para comprender el episodio histórico en su cabalidad. Por ejemplo, no se aclara que la posición geocéntrica era la hegemónica de la comunidad científica de la época. De hecho, Copérnico se abstuvo de publicar su teoría heliocéntrica, no por miedo a la censura eclesiástica, sino de ser ridiculizado por sus colegas.

Mucha gente, también erróneamente, cree que Galileo proporcionó pruebas de su teoría. No fue así. La evidencia disponible en el momento solo probaba que las estrellas permanecían fijas en relación a la Tierra, mientras que el sol, la luna y los planetas se movían. Por otra parte, el juicio no habría tenido lugar si Galileo se hubiera limitado a sostener su teoría como tal. Los problemas comenzaron cuando, a pesar de las advertencias de sus amigos, se empecinó en abandonar el campo de la ciencia para trasladar el debate al ámbito teológico.

Galileo tampoco se retractó de sus afirmaciones bajo tortura, ni luego de una larga e inhumana prisión; eso lo deja claro el texto de Brecht. Sirve aclararlo de todos modos, porque en el imaginario colectivo persiste la fantasía contraria. Sufrió sí prisión domiciliaria en los últimos años de su vida, rodeado de comodidades, en una agradable casa de campo. La condena de Galileo estuvo entonces determinada por una serie de circunstancias históricas puntuales. Con la perspectiva que brinda tener a la vista “el diario del lunes”, la propia Iglesia Católica ha admitido que la misma fue un error.

Pero, nobleza obliga, es justo har que fue bueno que la Iglesia no se apresurara a abrazar todas las teorías esgrimidas por Galileo como ciertas. La evolución científica ha demostrado que muchas de estas no lo eran. Galileo creía que el sol era el centro de todo el universo, y no solo del sistema solar. Sostenía que este astro estaba inmóvil, y hoy sabemos que se mueve. Afirmaba que las mareas eran producto de la rotación de la Tierra en torno al sol, cuando tienen relación con la fuerza gravitacional de la luna. Defendió enfáticamente que las órbitas de los planetas eran circulares y no elípticas. Postuló que los cometas eran simples ilusiones ópticas…

En la lucha contra el oscurantismo eclesial, el protagonista de Galileo Galilei nos dice que las teorías “creídas durante mil años están en completa decadencia”. Desde entonces han transcurrido cuatrocientos años, la teoría heliocéntrica quedó probada, y este hecho no desencadenó la debacle a la interna de la fe católica, ni la desaparición de la Iglesia que la obra augura. Bueno, ya era evidente que no la había desencadenado cuando Brecht escribió su Galileo.

Pasemos ahora al segundo tema: el bullying a los católicos que hace esta particular puesta en escena montevideana. Algunos dirán que la visión cuestionadora de la Iglesia estaba omnipresente en Brecht, y es verdad. Pero una cosa es el cuestionamiento, y otra la agresión injusta e inmotivada. Partamos de lo elemental: lo que ocurrió entre Galileo y la Iglesia tuvo lugar hace cuatrocientos años; sin embargo el ataque visceral en la versión actual fue a todos y cada uno de los católicos que acudieron a las funciones. Confieso que en algún momento consideré la posibilidad de retirarme del teatro por esta razón, aunque para ser honesta debo confesar que ya me habían motivado a eso lo mal que se escuchaban los parlamentos desde la tercera fila, las mediocres actuaciones y la extensión imperdonable sin el alivio de un entreacto. No lo hice porque había pagado la entrada, y porque con mis impuestos, junto a muchos otros católicos uruguayos, subvenciono a la Comedia Nacional.

No son los que voy a enunciar los únicos posibles, pero quiero resumir este punto en cuatro ejemplos. El primero y más light: la adaptación de los textos incluye frases ofensivas que no están en el original de Brecht.

El segundo: sataniza desde lo visual la figura del Cardenal Inquisidor, del cual Brecht solo aclara en las didascalias que se trata de “un clérigo de gran estatura”. En esta puesta, siempre aparece con actitud ominosa, banda sonora de marcha fúnebre, un gorro que le dibuja cuernos, totalmente vestido de rojo, iluminado con un foco rojo que lo acompaña a su paso. Todo lo cual no deja de ser irónico y revelador, cuando se debió recurrir a una estética propia de la cosmovisión cristiana para categorizar a este personaje.

En tercer lugar está el tratamiento de la famosa escena 12, donde el Papa Urbano VIII va, según indicaciones escritas de Brecht, “siendo vestido durante la audiencia” que sostiene con el Inquisidor. Cualquier lector interpretará que para que esta escena sea efectiva —la intención es convertir a un hombre, mediante los atributos, en una figura de poder—, no es necesario partir de la base de un actor totalmente desnudo a quien colocarle los ornamentos. Sin embargo, muchas producciones de Galileo han elegido presentarlo sin ropas, lo cual en este caso no representa una innovación. Sí se innova en otros detalles que no necesitan interpretación: este “Papa” de la versión de la Comedia Nacional 2017 tiene tatuajes de alas en la espalda, fuma displicentemente un cigarrillo mientras se viste con lentitud, enfundándose unos muy ajustados pantalones brillantes y colocándose a modo de mitra una corona de plumas más adecuada al vestuario de una vedette.

Pero el bullying más directo viene de la mano de unos “grotescos” payasos con taparrabos que hostigan al público mientras entonan consignas anticatólicas al ritmo de una canción de las que se cantan en la misa: “Vienen con alegría… porque se olvidan la inquisición”. Lo de “grotescos” no va por mi cuenta: tomé el calificativo de varios comentarios de espectadores publicados en cartelera.com. Pocas veces he asistido a un despliegue tan impune y gratuito de agresividad, intolerancia y abuso de poder. Lo más interesante desde el punto de vista si se quiere antropológico, es ver en acción la proyección perceptiva en una propuesta que grita “acá la duda se permite” mientras avasalla cualquier posible opinión alternativa.

Cerremos el círculo con una reflexión final: el invento se vuelve contra el inventor. Dice Galileo, el personaje: “Ningún hombre puede contemplar indefinidamente como yo dejo caer una piedra y digo: la piedra no cae”. “El padre de la autoridad es el tiempo”, agrega en otra instancia. Afortunadamente esto es cierto. El tiempo, que ha visto caer los fundamentos de la ideología que inspiró a Brecht, es testigo de que el marco metafísico del catolicismo medieval hizo que la ciencia moderna fuera posible. La insistencia en la racionalidad de Dios y la Creación, por Santo Tomás de Aquino y otros pensadores católicos, abrió el camino a quienes siguieron después, incluido Galileo. A medida que avanza el conocimiento científico, más nos acercamos a los misterios ontológicos de la fe cristiana.

Sin dudas este Galileo Galilei es una gran producción, montada con altos costos a partir de una subvención. Implicó un esfuerzo económico desmedido para un espectáculo que estuvo en cartel apenas dos meses, con tres funciones semanales. Dejemos en suspenso cuestionarnos si valió la pena el gasto. Pensemos en cómo el valor alegórico de la obra de arte trasciende las intenciones autorales, y las de las puestas en escena. Porque el mensaje que nos grita alto y fuerte el texto de Brecht es que las doctrinas decadentes, por más que tengan pretensiones totalitarias, por más que hoy parezcan hegemónicas, por más que quieran callarnos, están condenadas a desaparecer.

Laura Álvarez Goyoaga

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