La búsqueda disfuncional de la felicidad

Mad Men muestra el lado trágico del materialismo

Mad Men es una serie de televisión estadounidense, perteneciente al género de drama de época, creada por Matthew Weiner. Se estrenó en el 2007, fue producida por Lionsgate, y duró siete temporadas, hasta el 2015. Está situada en los años 60, en la ficticia agencia de publicidad Sterling Cooper de la Avenida Madison, en Nueva York. El término mad men procede del argot de la década de 1950, cuando los publicistas que trabajaban en Madison Avenue lo usaban para referirse a sí mismos; y encierra un juego de palabras, alusivo a la “locura” de quienes trabajan en un rubro tan fascinante como peligroso. Don Draper (Jon Hamm), director creativo, es el protagonista de la historia, si bien la trama gira en torno al negocio de las agencias de publicidad, y el desarrollo de quienes con él interactúan, en la vida personal y profesional. No importan tanto los hechos puntuales, sino la complejidad psicológica de los personajes y los lazos que los unen o separan.

La serie ha recibido la aclamación de la crítica, sobre todo por su excelente recreación de época que envuelve al espectador como una cápsula de tiempo, su estilo visual, su diseño de vestuario, la impecable actuación del elenco, el cuidado guión y la magistral dirección. Todo ello la llevó a ganar quince premios Emmy y cuatro Globos de Oro. No en vano se la ha caracterizado como una de las mejores series de todos los tiempos, adjudicándole la categoría de verdadero arte.

Como decíamos antes, el hilo argumental incluye la presentación del negocio de las agencias, así como la vida privada de los personajes. Capítulo a capítulo, presenta hechos históricos relevantes del período, con su impacto social, y describe también costumbres caracterizantes de la década. Una época que pasó a la memoria como era de prosperidad, fermental, creativa. En la serie, sin embargo, los glamorosos años 60 se revelan también con su lado trágico, en los que la vida es un juego donde se compite en hermética soledad, y la felicidad un mito imposible de alcanzar.

Tal sesgo permite extrapolar, apenas explícito, casi por descarte, un leit motiv de impronta católica. Hay una cosmovisión omnipresente que le da a la serie más credibilidad y textura. En lo que es casi un estudio de caso sobre la condición humana, Mad Men narra la historia de un grupo de personas que desesperadamente buscan realizarse por caminos disfuncionales, con el ejemplo paradigmático de Don Draper. Como alto ejecutivo de la firma, exitoso en lo económico, disfruta sin límites de todos los placeres a su alcance. Es una especie de amo de su universo, poderoso, exitoso, apuesto, admirado. Lo tiene todo… y a la vez no tiene nada, salvo el enorme vacío espiritual que contamina su vida. Es un náufrago que arrastra la corriente. Si alguien quiere saber a qué conduce un estilo de vida superficial, materialista, secularista, ahí tiene a Don Draper para servirle de ejemplo.

En un ámbito donde la infidelidad y los excesos son moneda corriente, claramente Don no está cómodo con sus infidelidades, y no por miedo a ser descubierto por su esposa, sino porque en lo más profundo de sí mismo reconoce que hay algo vergonzoso en ello. Es como si cada uno de los episodios tuviera varias capas, y a medida que se las va retirando, aparecen reflexiones interesantes ajustadas a la visión católica.

Ese dilema planteado es lo que hace que valga la pena ver Mad Men: porque el desarrollo de la trama revela que en realidad se trata de un falso dilema, y que en la vida no es necesario elegir entre ser buenos o divertirse. La historia de los personajes retrata dramáticamente la deshonestidad y el dolor que subyacen a esa vida aparentemente perfecta de la diversión como fin último. Y deja abierto el camino a otras alternativas posibles para alcanzar la auténtica felicidad.

Laura Álvarez Goyoaga

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