Las teorías y la manipulación cultural

La etiqueta “teoría” es utilizada con mucha frecuencia hoy en todas las posibles herramientas de comunicación. Asociada a ámbitos académicos, se la define en el diccionario de la RAE, en sus diferentes acepciones, recurriendo a términos como “conocimiento especulativo”, “serie de las leyes que sirven para relacionar” e “hipótesis” aplicadas. En resumen, refiere a un conjunto de ideas, con cierta organización compleja y sistemática, que permiten explicar algo en base a la observación, la experiencia o el razonamiento.

Vinculados al término “teoría” en estudios humanísticos aparecen varios nombres de autores, como Derrida, Foucault o Althusser a vía de ejemplo, cuyas obras tienen impacto más allá de su campo original de producción. La teoría, podría decirse en un primer nivel, genera efectos en la forma de pensar de sus receptores voluntarios: aquellos que se acercan al texto de un autor dentro de un campo de estudio en particular, y comparten las conclusiones de sus reflexiones. Dando un paso más, podría ampliarse esta afirmación diciendo que la teoría bien puede utilizarse para manipular la forma de pensar de terceros receptores involuntarios, que desconocen el marco teórico desde el cual les llegan ideas procesadas, con vocación de ser impuestas para generar consensos.

El 15 de noviembre de 1977, quien luego sería el Papa Benedicto XVI escribía que no existe un reporte de noticias “puramente objetivo”. Todos los datos que recibimos por los diferentes canales de información, están filtrados a través de una mente que selecciona qué es lo importante y cómo debe presentarse. Allí está la “teoría” en acción, y no hay nada malo en escuchar voces con diferentes enfoques teóricos; pero algo no está funcionando como debería si no somos capaces de percibir que detrás de toda la información disponible hay teóricos e ideologías que pretenden vendernos o imponernos sus opiniones.

Se dice que el efecto más importante de la “teoría” es que pone en duda el “sentido común”. Jonathan Culler, en su Breve introducción a la teoría literaria, afirma que la teoría “intenta demostrar que lo que damos por seguro como de ‘sentido común’ es, de hecho, una construcción histórica, una teoría particular que ha llegado a parecernos tan natural que ya ni siquiera la percibimos como teoría”.

Culler ilustra lo que él llama las “jugadas de la teoría” con el ejemplo  de la crítica a la “hipótesis represiva” planteada por el historiador de las ideas Michel Foucault en su libro La historia de la sexualidad. Dicha hipótesis parte de la base del lugar común de que el sexo es algo que en épocas anteriores fue reprimido, y la modernidad ha luchado por liberar. Este pensador plantea en cambio que, lejos de ser algo históricamente reprimido, el sexo aparece en el siglo XIX como una categoría surgida de agrupar, a partir de los discursos de médicos, científicos, novelistas, entre otros, varias cosas diferentes: distinciones biológicas, ciertos actos llamados “sexuales”, partes del cuerpo, reacciones psicológicas, construcciones sociales. Se creó así un concepto, el “sexo”, que se convirtió en el secreto de la identidad última del individuo. Ilustra el ejemplo con la creación del homosexual como especie: en él se pasa de actos que se ejecutan por alguien, a una cuestión de identidad. Antes había actos homosexuales que el individuo podía realizar; ahora se trata de una esencia que determina el ser auténtico del individuo: “es” un homosexual.

La jugada de la teoría aludida es la hipótesis de Foucault de que la supuesta oposición entre la sexualidad y el poder que la reprime, en realidad oculta una complicidad: el individuo cree que se resiste al poder al defender el sexo, y sin embargo está haciéndole el juego al poder, que está omnipresente en todas partes. Para ilustrarlo con otro ejemplo, también tenemos como constructo de discursos la situación que define a la mujer como alguien que se realizará cumpliendo con los estereotipos de su género.

El desarrollo teórico de Foucault no pretende decirnos qué es el sexo en verdad, sino investigar la genealogía de ese concepto: cómo fue creado. Ofrece solo un esquema conceptual genérico para pensar sobre los discursos en general, pero detona derivaciones prácticas marcadas. De hecho, puesta en práctica, esta teoría ha sido muy funcional para las reivindicaciones de los impulsores de la ideología de género, y sus explicaciones de cómo la sociedad patriarcal ha modelado estereotipos, aceptados como naturales y evidentes, pero que son en realidad productos culturales.

Cuando hablamos de teoría, no nos referimos a certezas, sino a cosas que perfectamente podrían ser de otra manera. La teoría es analítica, especulativa, disruptiva. No es algo que se pueda llegar a dominar, y aunque Culler dice que nos “invita a desear la excelencia”, sin embargo parece presa de sus propios límites. Porque por su naturaleza lleva a deshacer todo conocimiento previo, y puede tener efectos impredecibles. Entre ellos, exponer al receptor no crítico a la manipulación.

Una vez más, la teoría no aporta certezas, y eso es algo que tenemos que tener muy claro. No existen los reportes de noticias puramente objetivos, y las teorías no se esgrimen despojadas de intenciones. En los vericuetos de cualquier intento de manipulación cultural a que estemos expuestos, solo la prudencia y la sabiduría son guías confiables. En ese camino debemos posicionarnos una y otra vez, sabiendo que no será fácil recorrerlo, pero tampoco vanos nuestros esfuerzos sinceros de acercarnos a la verdad.

Laura Álvarez Goyoaga

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