GOSSNEL: LA PELÍCULA QUE NOS CENSURAN Médico abortista asesino serial

Gosnell: El jucio del mayor asesino serial de América es un film de reciente estreno en USA, basado en hechos reales, sobre un médico abortista de Philadelphia, quien inducía el parto de niños viables en el tercer trimestre del embarazo, y los mataba luego cortándoles la columna vertebral con tijeras.

Kermit Gosnell, hoy condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad anticipada, era un médico respetado, considerado un pilar de la comunidad, y un “abogado de la salud reproductiva de la mujer”, garante del “derecho a elegir” y de la interrupción del embarazo en condiciones “seguras”. Un personaje siniestro, que coleccionaba piecitos de bebés abortados y que durante el juicio manifestó como su única preocupación el bienestar de las tortugas exóticas que tenía como mascotas, dirigió una clínica insalubre donde acabó con la vida de entre cientos y miles de niños, y varias de sus madres. En un país que condena como crimen federal asesinar a bebés que sobrevivieron a los intentos de abortarlos, pudo hacerlo impunemente a lo largo de 30 años, a vista y paciencia de las autoridades de la salud que debían controlarlo. Al mejor estilo Al Capone, su espiral criminal salió a la luz a raíz de una investigación vinculada a la venta ilegal de fármacos controlados.

La carnicería de la clínica no se ve reflejada en la pantalla de esta película: no es este un film gore, como bien podría haberlo sido por los macabros detalles del hecho real que trae a luz. Este tema está tratado con especial sensibilidad y delicadeza por los realizadores. El prestigioso actor Nick Searcy, quien ofició como director y representó el papel de abogado defensor del imputado, afirma que el film cuenta una historia inspiradora: la de quienes tuvieron la valentía y fortaleza de poner fin a tanta indescriptible maldad.

Basada en el informe del gran jurado, y en las transcripciones del juicio, Gosnell no es una película producida desde una cosmovisión conservadora. Los guionistas son católicos, pero admiten que solían desestimar los alegatos “pro-vida” por considerarlos propios de fanáticos religiosos, hasta que se encontraron con la brutal evidencia de este caso. Por su parte, Searcy se describe como un bautista poco comprometido en la práctica.

El caso Gosnell fue ampliamente ignorado por el establishment político y los principales medios de prensa. Algo similar a lo que ocurrió cuando las investigaciones del Senado en USA comprobaron que Planned Parenthood vendía en partes los cuerpos de los bebés abortados a laboratorios privados.

Los creadores de la película debieron enfrentar múltiples obstáculos para contar esta historia. Sus guionistas, los periodistas Ann McElhinney y Phelim McAleer, son autores también del libro Gosnell: La historia jamás contada del más prolífico asesino serial de América, el cual desató controversias cuando el New York Times al principio se rehusó a incluirlo en la lista de bestsellers, por una decisión editorial, aunque debido a sus cifras de ventas, le correspondía figurar en ella.

Ante la falta de interés en Hollywood, lanzaron una primera campaña de crowdfunding a través de Kickstarter, que no demoró en censurarlos. Debieron entonces cambiar a Indiegogo, donde en dos semanas concretaron uno de los proyectos más rápidos y exitosos de este sistema de recaudación.

La filmación se completó en octubre de 2015, pero tardó tres años en llegar al circuito cinematográfico. Searcy atribuyó esta demora a que Hollywood “funciona en base al miedo, no solo el miedo al fracaso, sino, más insidiosamente, el miedo a ser descartados por tus ideas”. El miedo a las represalias, o al ostracismo, por no ser parte del pensamiento grupal impuesto.

Consistentemente, la página de Facebook del film les negó, sin esgrimir ninguna razón específica, la posibilidad de publicitar sus publicaciones. También la NPR (radio pública nacional) rechazó sus anuncios.

No es necesario agregar mucho más para concluir que Gosnell, la película que no nos quieren dejar ver, ha sido víctima de un proceso implacable de censura. Esto no es nada novedoso ni inesperado. Lo importante es que encontremos caminos para que la censura no nos amordace, ni coarte nuestro derecho a estar informados y formar nuestra propia opinión. Lo importante es que, como sociedad, seamos capaces de poner un reflector (un spotlight, en inglés), para revelar la verdad, no los mitos creados por intereses, en un tema tan sensible.

Laura Álvarez Goyoaga

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