Todos, tod@s, todxs o todes

En el binomio lenguaje-cultura, el llamado “lenguaje políticamente correcto” aparece como un tema recursivo. Implica una práctica intencionada de reemplazar las palabras supuestamente “condenables” por otras más adaptadas a la sensibilidad actual, más de acuerdo con esta época que supuestamente respeta todas las posibles diferencias. Pero esta práctica de discurso, en realidad no es tan tolerante ni tan inclusiva.

En el paraguas de la ideología de género, lo políticamente correcto pasa por el llamado “lenguaje inclusivo”. Allí encontramos la imposición práctica (muy alejada de la economía del lenguaje) de duplicar los términos para que sean abarcativos, hablando por ejemplo de “los y las estudiantes”, “niños y niñas”, “alumnos y alumnas”, y así en todos los casos. Estrategias más radicales han promovido en ámbitos institucionales, oficiales, o hasta en las interacciones cotidianas, la sustitución de la regla productiva actual que se usa para formar el plural en español, por el uso de la “@”, la letra “x” o, más recientemente, luego de constatarse las dificultades de pronunciación que no permiten extender al habla esta praxis, la letra “e”.

Negarnos a usar el lenguaje inclusivo, puede provocarnos alguna que otra situación incómoda, y despertar reacciones airadas: que nos tilden de conservadores, retrógrados, incapaces de pensar diferente a la moral tradicional que nos inculcaron. Incluso puede llegar a generarnos problemas legales en el ámbito civil y hasta penal.

Pero no es eso lo que propongo analizar hoy, sino enfocarnos en cómo estas prácticas sociales, que de hecho se nos imponen, a través de una sanción social, o incluso de normas jurídicas, no son movidas espontáneas de una sociedad o una cultura, sino que obedecen a técnicas basadas en prestigiosas teorías académicas, que tienen años de desarrollo.

Analizando el lenguaje humano, quiero invitarlos a detenernos en tres de las características de los signos lingüísticos. La primera: son arbitrarios, porque en ellos, la asociación entre ciertos símbolos o sonidos por un lado, y ciertos objetos o ideas, por otro, surge de la práctica. Llamamos mesa a la mesa, no porque la palabra tenga algo que ver con el objeto, sino porque nos pusimos de acuerdo en que a ese objeto le llamemos mesa.

Otro rasgo: para la comunidad que los utiliza, los signos lingüísticos son inmutables, pero a la vez también mutables, porque con el paso del tiempo pueden alterarse, y su significado puede cambiar. Por último, son culturales: manifiestan un vínculo particular entre los sujetos y el mundo. ¿Qué nos dicen estos tres rasgos? Que si bien el lenguaje no acepta cambios de reglas automáticos, con paciencia e insistencia, puede perfectamente manipularse.

Pretendo entonces ilustrar con esto, cómo poco a poco, orquestadas, repetidas con perseverancia, las estrategias aplicadas para cambiar nuestra forma de hablar nos van “encorsertando”. Casi sin darnos cuenta, incorporamos estas imposiciones sociales. Hace unos años atrás, nadie se habría cuestionado usar el plural en masculino para referirse a un grupo de niños. Hoy, sin embargo, la mayoría, incluidos quienes no están ideológicamente de acuerdo con ella, van a aplicar la fórmula inclusiva, diciendo “niños y niñas”. Se lo he visto hacer de manera mecánica hasta a docentes que habían escrito artículos en contra de estas prácticas.

Y si bien hoy a muchos nos parece ridículo hablar de “les niñes”, usando la letra “e” en los plurales, ¿qué nos depara el futuro? De mantenerse la militancia activa de quienes promueven el cambio, es probable que lo impongan a la larga. No olvidemos que las autoridades del sistema educativo nacional dejan la aceptación del uso del lenguaje inclusivo en las aulas de secundaria, librado al criterio del docente, con su libertad de cátedra. No olvidemos tampoco que, según trascendió en la prensa, a los niños de preescolares se les enseña una canción cuya letra dice: “todes juntes jugamos”.  

Este cambio que se está imponiendo gradualmente en occidente, ¿tiene algún soporte teórico en el cual se apoya? La respuesta es afirmativa. Se apoya en la teoría de la Relatividad Lingüística de Sapir-Whorf, la cual propone que la estructura del idioma que hablamos configura el modo en el que pensamos.

El lenguaje corresponde a una visión de mundo. Es totalmente válido y razonable entonces que, quienes consideran por ejemplo que en occidente esa visión está “atravesada por una concepción del poder, y que dicho poder responde a una perspectiva patriarcal y heteronormativa”, pretendan usar este conocimiento para cambiarla. En otras palabras: si controlo tu lenguaje, controlo tu pensamiento.

Las discrepancias son parte de la pluralidad de la sociedad democrática, y son también las bases para un diálogo real. Sin discrepancias, hay monólogo, no diálogo. Pero una cosa son los cambios sociales naturales, y otra los impuestos por planificaciones totalitarias de ingeniería social o cultural. Para no ser víctimas pasivas de quienes promueven estas manipulaciones, es que tenemos que estar muy atentos e informados.

Laura Álvarez Goyoaga

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