The Mule: Ver detrás de las apariencias

Con casi noventa años, y representando a un personaje de la misma edad, volvió a la pantalla como actor y director Clint Eastwood, acompañado por un elenco multi estelar, en un nuevo relato de redención narrado con la serenidad de un atardecer luminoso. Sin los filos dramáticos de Unforgiven o Grand Torino, The Mule se desenvuelve con el ritmo pausado, monótono, cotidiano de una historia trivial. Pero, ¿quién dijo que lo trivial no es importante ni interesante?

Eastwod interpreta a Earl Stone, horticultor de profesión, quien afronta dificultades económicas serias. En la fiesta de compromiso de su nieta Ginny (Taissa Farmiga), uno de los invitados le ofrece un trabajo que solo le exige manejar. A partir de las peculiares exigencias del mismo, y los generosos ingresos que le reporta, el protagonista no demora en descubrir que está transportando drogas. Pero como  le proporciona el que siente es su único camino para compensar a la familia que por tanto tiempo ha postergado, sigue adelante y avanza en la organización hasta ganar la simpatía del líder del cartel (Andy García). Las excentricidades de Earl, sumadas a las luchas de poder a la interna del cartel y a la persecución de un par de agentes de la DEA (Bradley Cooper y Michael Peña) van complicando la trama. Más vale tarde que nunca; y mientras el protagonista finalmente toma la opción de poner en primer lugar a su ex esposa (Dianne Wiest) y a la hija que no le habla desde hace muchos años (Alison Eastwood, hija de Clint en la vida real), para el espectador se despliega un sesgo humanizante.

Hay un mensaje central, no por trillado menos válido en los tiempos que nos toca vivir: la familia es más importante que el trabajo, y que la tecnología que nos aliena y nos vuelve inservibles. La vigencia del mensaje queda refrendada en las excentricidades sin malicia de un hombre viejo, quien ha visto suficiente agua pasar bajo el puente como para detenerse a considerar riesgos personales.

Eastwood no es católico, ni siquiera se define como particularmente religioso. Es, sin embargo, un director de cine magistral en el estilo clásico, que una y otra vez ha planteado en sus films dilemas de contenido católico en torno a la redención y el sacrificio abnegado. En The Mule, la premisa sigue siendo válida aunque no tan evidente. Su condición de experimentado actor y diestro director, con innato talento en ambos oficios, son fortalezas que aportan valor a la película y llevan el mensaje a destino.    

Se le ha criticado a esta producción que disfraza o romantiza la historia real en la cual se basa: la del octogenario Leonard Sharp, quien transportó drogas por un valor de decenas de millones de dólares, con la única excusa de su amoralidad en la materia y la simple y llana codicia. Dicho esto, si bien no vemos en la pantalla las consecuencias nefastas de la adicción o los horrores del tráfico de drogas, estamos lejos de una apología. El lado oscuro del oficio de “mula” nos alcanza sobre el final, cuando su brutalidad se vuelve contra el protagonista. Y así y todo, el giro de cierre se las arregla para que salgamos del cine con sereno espíritu optimista.

Una última referencia cabría acerca de las ideas políticas del director, que en algunas tiendas suelen tildarse de inconvenientes. En The Mule, el fuerte de la crítica va a los excesos de lo políticamente correcto y la inoperancia práctica de las nuevas generaciones. Habrá quienes se indignen con el cuestionamiento, y quienes lo compartan, pero nadie podrá negar que está formulado con ingenio y sentido del humor. 

Lo central, sin embargo, es que estamos frente a un sencillo y profundo llamado que nos redirige, desde los vericuetos sin sentido que vadeamos en la vida cotidiana, a prestar atención a las cosas importantes: la familia, las necesidades del prójimo, el camino correcto. Y todo ello a través de una historia emotiva y, sí, edificante. Una historia que en su estilo, por encima de mitos y tradiciones, remarca cómo los males sociales y las incomprensiones no han afectado el núcleo duro de humanidad que marca al ser humano. Que esto es algo que ningún sombrío condicionamiento cultural puede desmentir. Una historia que, con las estrategias del narrador omnisciente, nos remite a la óptica cristiana de ver detrás de las apariencias a los personajes con la mirada de Dios, para así poder apreciar la bondad de cada uno.

Laura Álvarez Goyoaga

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