Serie Downton Abbey: La deconstrucción de los prejuicios de nuestros tiempos

Downton Abbey es una serie de televisión inglesa que durante seis temporadas cautivó audiencias. Emitida por primera vez en septiembre de 2010, se la categoriza como “drama histórico”.

En el escenario refinado y bucólico de una casa campestre inglesa, describe la vida de una familia de aristócratas, los Crawley, y la de sus sirvientes, enmarcadas en sucesos históricos. La acción comienza con la noticia del hundimiento del Titanic, y llega, en la sexta temporada, a mediados de los años veinte. Desde la segunda, se instaló como cierre tradicional del año un episodio especial de Navidad.

El romance y el drama, con una cuota muy disfrutable de ironía y humor, van pautando el desarrollo de la historia. Así conoceremos a Lord Robert (Hugh Bonneville), por herencia Conde de Grantham y dueño de Downton Abbey; su esposa norteamericana Cora (Elizabeth McGovern); Matthew Crawley (Dan Stevens), el nuevo heredero varón, un joven abogado de Mánchester; Lady Mary (Michelle Dockery), la especulativa y fría hija mayor de los condes; Violet (Maggie Smith), la Condesa viuda madre de Robert, quien encarna el típico orgullo inglés mientras mantiene en elegante equilibrio sus acciones intencionadas, con una refrescante franqueza; Lady Edith, la segunda hija menos agraciada, en eterno conflicto con su hermana mayor; Lady Sybil, la hija menor, la más consciente de los cambios sociales de su época; entre muchos más, que incluyen al señor Carson, el mayordomo jefe con un hondo sentido de la tradición; la señora Hughes, el ama de llaves dueña de una bondad y disponibilidad al servicio del prójimo a prueba de todo; alguna que otra doncella vengativa y malintencionada y su opuesto; el asistente personal de Robert; la jefa de cocina y su aprendiz; y el chofer.

Downton Abbey es la serie británica más cara producida hasta el momento, y la más exitosa en muchos años, con índices de audiencia de más de 20 millones de espectadores en el Reino Unido. En los Estados Unidos, desde su estreno en el 2011, fue aclamada por los críticos y galardonada con 9 premios Emmy. Pero también ha tenido un éxito tremendo en países de habla hispana y tradiciones culturales bastante diversas. ¿Qué la vuelve tan atractiva para las audiencias? ¿Qué nos dice a nosotros, en el siglo XXI, una historia que se desarrolla en un ambiente tan diferente de nuestro entorno actual?

Las actuaciones son excelentes, el vestuario impresionante, los escenarios bellísimos. Para algún crítico, su encanto reside en ese deseo tan humano de detener el tiempo. Sin embargo, la “idea fuerza” a lo largo de toda la serie es la adaptación. Los personajes de Downton Abbey son testigos y protagonistas de un período de fuertes cambios sociales y culturales. Algunos los abrazan. Otros, los resisten. A la larga, todos los integran, reforzando la premisa de que los seres humanos somos adaptables.

Como en cualquier buena  novela, paralelismo escrito de la serie televisiva, al permanecer los personajes con nosotros más tiempo que en una película, llegamos a conocerlos a fondo y a implicarnos en sus vidas. Dentro de esta complejidad, una de las indudables claves del éxito radica en que siempre estamos frente a historias enaltecedoras, donde la virtud juega un rol prevalente. Cualquiera sea el episodio concreto que se nos narre, los personajes en forma permanente, y hasta progresiva en muchos casos, tratan de vivir cumpliendo con lo que entienden es su deber, regidos por altos principios, aún cuando constituya una molestia o inconveniente para ellos. Buenos en esencia, pero susceptibles de cometer errores o hasta de proceder de manera inmoral, los protagonistas presentan una alta dosis de empatía, bondad, compasión, que les permite un crecimiento personal definitivo. Muchas veces incluso, de la mano de algún mentor inesperado. Los jóvenes aprenden de los mayores, y viceversa. La serie, lejos de los lugares comunes a los que nos hemos habituado como espectadores, introduce temas para la reflexión de una manera realista e inusual. Un ejemplo: muestra los altibajos de la vida matrimonial, al mismo tiempo que presenta el matrimonio bajo una mirada muy positiva.

Se ha comentado que ello obedece a que Julian Fellowes, el escritor y creador de Downton Abbey es católico. Por lo tanto, en Downton Abbey están retratados los valores católicos, que son también los valores occidentales. Como sea, sobran motivos que la convierten en una serie que vale la pena. Pero quizás la mejor forma de recomendarla sea atar entre sí tres líneas centrales: la visión de legado, la fuerza de la virtud y el significado de la celebración de Navidad.

En Downton Abbey la visión de legado importa, es vital. ¿No es bueno que un producto cultural, dedicado al gran público, nos recuerde esto? Nos recuerde que, como le dice Lord Robert a su hija Mary, cuando ella le reprocha la pérdida de la casa que tanto ama, somos simples administradores de los bienes que nos son confiados. Todo lo recibimos por gracia, no por méritos propios. En la medida en que seamos conscientes de esto, tendremos también la capacidad de superar mezquindades y apegos para alcanzar la auténtica felicidad. La misma Mary, en su camino lleno de errores propios y fatalidades de las cuales no es responsable, crecerá a la luz de esta idea.

Un segundo camino de felicidad propuesto, en clara disonancia con los relativismos que están a la orden del día en otros productos culturales, es el de la virtud. En toda la serie hay situaciones, acciones y resultados que solo se explican a través de la voluntad de hacer el bien, de obrar virtuosamente.

Por último, la celebración de Navidad que pone broche a todas las temporadas a partir de la segunda, tiene un simbolismo en la misma sintonía. En esta fiesta participan juntos los señores y el personal. No es el único espacio en que esto ocurre: las demostraciones de afecto que trascienden los estamentos sociales aparecen en forma repetida a lo largo de los diferentes episodios. Pero el estilo de vivir la fiesta de Navidad en la mansión pone en evidencia la dignidad del ser humano más allá de los convencionalismos, así como los indiscutibles lazos de amor y respeto que unen a esta comunidad.

Tal vez por eso, cuando en un salón bellamente decorado las voces de Mary y Edith, las dos hermanas tantas veces enfrentadas, se unen para cantar villancicos cuyas letras populares conocemos, esa comunión nos hace sentir a los espectadores que también nosotros somos parte de una gran tradición, lo cual implica el deber de custodiarla, y pasarla a las generaciones por venir.

Laura Álvarez Goyoaga

Anuncios