Arte Comprometido versus arte politizado: reflexiones post premios Oscar 2019

En la publicación “Un Oscar fuera de lo común”, el comentarista Miguel Ángel Dobrich señalaba que en la 91º entrega de los premios de la Academia estábamos ante una “edición bisagra” donde entre otras cosas, “Un director, productor y guionista mexicano tiene la chance de ganar nuevamente en la ‘era Trump’”, y una “intérprete indígena oaxaqueña puede ganar como mejor actriz”.

Roma de Alfonso Cuarón llegaba con 10 nominaciones; mientras que Green Book, una película que abordaba el problema del racismo contra la comunidad afroamericana  en 1962, traía la mitad. En este binomio quiero encauzar el binomio del título: arte comprometido vs arte politizado.

En el epílogo Dobrich sintetiza las razones por las cuales sería “radicalmente interesante” que Roma arrasara con los premios, a saber: legitimar la nueva línea de producción (recordemos que es un film de Netflix); sería la primera hablada en español que ganaría como mejor película (un absurdo si partimos de las reglas preestablecidas, ya que volvería inoperante la categoría “película extranjera”); podría ganar a la vez dos categorías (añade a lo anterior: dos categorías incompatibles, como mejor película y mejor película extranjera); Cuarón podría ganar en cuatro categorías a la vez (guionista, director de fotografía, productor y director); el triunfo de Cuarón sellaría una tendencia “interesante del power mexicano”; “En pleno contexto de muros e intolerancia, dos actrices latinoamericanas -una de ellas indígena- podrían ganar como mejor actriz principal y mejor actriz de reparto”.

¿Alguien leyó allí que la película tenía algún mérito intrínseco o artístico para ganar o arrasar en las nominaciones? Seguro que no, porque en general, salvo alguna mención recurrente sin especificaciones que la fundamenten  a “obra maestra” no figura esto entre las razones detrás de su avance hacia la consagración. Por el contrario, en otras fuentes se ha mencionado que es un film al que hay que tenerle paciencia, porque durante su primera media hora no se sabe hacia dónde va; y que es una película con “mucho marketing”, entendido esto en el sentido negativo. Todo sumado, es válido concluir que cuando cosas como estas suceden, detrás hay intencionalidades.

La Edición América de EL PAÍS del 25 de febrero, también habla de este sesgo en la ceremonia de los Oscar. Cita la opinión de la experta Claudia Puig, de la asociación de críticos de Los Angeles, quien considera a Roma una “obra maestra”: “Algunos premios tienen algo más que una dosis de política”, y alude al caso de Coco, que era la mejor película animada del 2017, pero no fue simplemente premiada por ese motivo: “premiar una cinta que celebraba la cultura y las tradiciones mexicanas en un momento en el que el presidente difamaba horriblemente a los inmigrantes de dicho país era algo que la Academia también tenía ganas de hacer”.

Bajo el título de “Un tedio sin final feliz en los Oscar”, Pablo Scarpellini escribió al respecto para El Mundo España. “La gala de los Oscar fue casi tan larga como de costumbre, poco entretenida y con la decepción del castigo final a ‘Roma’ para el mundo hispanohablante (…) Hollywood se queda con la simpleza de ‘Green book’ y castiga a Netflix (…) ‘Greenbook’, ganadora del premio final, amargó la fiesta a ambos lados de la frontera y trastocó por completo el guión de lo que hubiera sido una entrega de premios con un enorme calado de haberse decantado por la obra maestra de Alfonso Cuarón. En lugar de eso, los académicos optaron por la confusión y el esperpento final”. Nuevamente la vaga y amplia calificación de “obra maestra”, con una concepción detrás donde queda claro cómo desde algunas tribunas entienden que se trata más de lucha ideológica que de premiar el arte.

No faltaron agregados a este cóctel. Mientras pasaban los invitados por la alfombra roja, los programas que cubrían el evento mostraban a mexicanos vestidos con camisetas donde se leía el eslogan “Viva México Cuarones”. Alguna presentadora lucía el mismo atuendo, y algún canal incluyó en su transmisión placas con la misma leyenda. El idioma español apareció  en los discursos, y así Javier Bardem, al presentar el Oscar a mejor película extranjera, afirmó en su lengua nativa: “No hay fronteras, no hay muros que frenen el ingenio y talento”.

En Movie Guide, por su parte, Tess Farrand refiere a un incidente que no fue recogido por la gran prensa, relacionado con el director de Blackkklansman Spike Lee, quien al recibir su Oscar por mejor guión adaptado pronunció un fuerte alegato político. Lee es conocido por haberse pronunciado en contra de las parejas interraciales, criticar a los blancos que se mudan a Harlem y afirmar que Charlton Heston merecía ser ultimado de un disparo. La anécdota puntual es que Spike Lee hizo amagues de retirarse furioso del auditorio cuando se anunció que Green Book era la ganadora al premio por mejor película. Cuando a ello la autora le suma que muchos de sus conocidos fans del cine, le manifestaron que no les interesaba ver la edición de este año televisada, concluye que la tolerancia a la corrección política en estas ceremonias llegó a su máximo grado aceptable por parte del público.

Y sin embargo, este año algo cambió. En dos contendientes, Roma por un lado y Green Book por el otro, el enfrentamiento en la gala de los Oscar fue entre una propuesta simplona, menor, con una ausencia total de recursos técnicos que no parece buscada para aportar efecto o sentido, sumamente lenta, hiper políticamente correcta; y otra que inspirada en hechos de la vida real, ambientada en 1962, cuenta una historia intemporal de amistad y cercanía, plantea valores importantes, habla de acercar a la gente, tiene logradas actuaciones, muy buenos diálogos, una música impresionante.

Lo cierto es que la noche del 24 de febrero Roma se llevó los premios a mejor fotografía, mejor director, mejor película extranjera; y Green Book los a mejor película, mejor actor de reparto, mejor guión original. Salta a simple vista que los galardones a Green Book son de por sí más significativos  que los de Roma. Un resultado no menos justo que sorprendente si partimos de la base de que la primera había duplicado en nominaciones, en forma abrumadora, a la segunda.

En la gala de los Premios de la Academia 2019, triunfó  el arte, que no por una cuota de compromiso deja de ser tal. El gran ganador final, más allá de discursos y presiones, fue el arte sin ningún lobby. Green Book merecía ganar, y es buen síntoma en el campo cultural de cualquier sociedad que los méritos sean reconocidos. Bienvenidos estos premios entonces.

Laura Álvarez Goyoaga

Fuentes:

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