Arte Católico

La experiencia estética como camino hacia Dios

Para el mes de agosto, la Santa Sede ha dado a conocer las intenciones de oración del Papa Francisco, quien nos invita a rezar: “Por los artistas de nuestro tiempo, para que, a través de las obras de su creatividad, nos ayuden a todos a descubrir la belleza de la creación”. Pintores, escritores, escultores, músicos, arquitectos… hay espacio para la auténtica diversidad dentro de la categoría, y dentro de la vida de la iglesia.

Se atribuye a San Basilio la afirmación de que “lo que las palabras dicen al oído, el arte lo muestra en silencio”. Conforme al Catecismo de la Iglesia Católica, la belleza es un camino para conocer a Dios. Belleza y arte son dos conceptos que maquinalmente asociamos en nuestra mente, por lo tanto, la afirmación nos remite a todas las manifestaciones artísticas, en los distintos campos, y en particular al llamado “arte católico”, agente cultural de alto impacto en la historia de occidente.

El mismo San Juan Pablo II, el 4 de abril de 1999, cerraba su Carta a los Artistas, con un llamado inspirador: “que su arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno”.

Ahora bien, considerando los avances de la secularización en sus diferentes variantes, con el control casi hegemónico de lo que podríamos llamar los “centros de comando” culturales —léase los medios, la industria del entretenimiento y el fuerte de la educación universitaria—, cabría preguntarse: ¿sigue siendo relevante hoy en día en Occidente producir obras de arte con impronta cristiana? La respuesta es que sí: lo trascendente continúa siendo relevante, y por ende concita interés.

Pensemos desde alguna de las perspectivas de las llamadas teorías de la cultura. El sociólogo y filósofo marxista Pierre Bourdieu (1930-2002), aplicó un modelo de análisis en el que la sociedad es observada como un conjunto de campos relacionados entre sí. Cada campo es un espacio de conflicto entre actores enfrentados por los bienes que el mismo ofrece.

Tomemos el ejemplo del “campo de producción cultural” o el “arte”, es decir, aquel en el cual operan quienes producen bienes culturales o simbólicos. Lo fundamental que está en juego en las luchas de este campo es el monopolio de la legitimidad, que implica el monopolio del poder de consagración de los productores o de los productos. Los beneficios que el campo otorga se expresan fundamentalmente en el reconocimiento del valor de sus producciones.

Los campos se construyen de acuerdo a “leyes” que rigen a las prácticas y experiencias dentro de ellos. Los agentes se suscriben a un campo particular no por medio de un contrato explícito, sino por su reconocimiento práctico de los retos implícitos. El agente, por lo tanto, no es por completo el autor de sus prácticas; en él actúa invisiblemente la fuerza social.

Apliquemos estos conceptos a la realidad actual. ¿Sigue teniendo peso en el campo cultural el arte cristiano? O incluso: ¿existe todavía un campo cultural cristiano? Tal vez no sea tan fácil identificar sus “leyes”, pero el más sencillo relevamiento empírico permite constatar que la cosmovisión católica continúa siendo influyente en la cultura universal hasta el día de hoy. Muchísimos artistas, en forma individual o colectiva, siguen demostrando a través de trabajos explícitamente cristianos que la fusión entre la fe y el arte es posible y fructífera. Incluso aquí, en Uruguay, con todas las limitaciones que el medio parecería determinar, distintas manifestaciones artísticas cristianas concitan interés.

Dos ejemplos existosos de arte escénico en este sentido son los musicales “Proyecto Jacinto Vera” y “Lolek”, que agotaron entradas en salas colmadas de público entusiasta en el 2016.   

Artistas plásticos locales de renombre, como Martha Escondeur, Ricardo Ramos, Cecilia Mattos, Enrique Medina y Alicia Bauer han producido obras de infinita belleza inspiradas en la fe católica.

Las actuaciones del prestigioso Ensemble Vocal e Instrumental De Profundis, dirigido por la Mtra. Cristina García Banegas, interpretando música sacra, atraen una y otra vez masivas concurrencias a distintos eventos culturales.

El arte habla en un idioma propio, adaptado y adaptable a cada experiencia estética individual. El patrimonio artístico de la iglesia tiene una finalidad misionera universal. Incluso en los planteos más abstractos y actuales, subyace a la manifestación artística cristiana una experiencia espiritual, capaz de generar profundas consecuencias en el receptor. Cuando en este rol observamos una escultura, escuchamos una canción, leemos una historia, miramos una película, y nos preguntamos de dónde proviene la belleza que vehiculizan, surge como natural una respuesta que la atribuye a la belleza del Creador. Y quienes son capaces de esa actitud contemplativa, comienzan a transitar un camino que los acerca a Dios a través de las creaciones magníficas de sus creaturas.

La trascendencia está en lo cotidiano, incluso en el devenir aparentemente intrascendente del relativismo contemporáneo. La verdad, la belleza y la bondad trascendentes son una marca registrada del arte católico, y no es posible oscurecerla. En la interacción permanente entre la iglesia y la cultura, se forja una dialéctica que ha determinado la creación de las más hermosas obras de la historia de la humanidad, y seguirá marcando camino en el futuro.

Laura Álvarez Goyoaga

Imagen: “Última cena” de Enrique Medina

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