Día de la Madre: Maternidad y sensibilidad personalista

El segundo domingo de mayo se celebró en Uruguay el Día de la Madre. Por más que se lo tache de evento comercial o consumista, sigue siendo una celebración popular y universal, que se repite, en muchos los países, en distintas fechas. Por lo menos en Uruguay, los días previos las ventas aumentan, y suele tenérselo en cuenta para agendar eventos. ¿No hemos escuchado todos en alguna oportunidad frases del tipo “No, es el Día de la Madre, no puedo ir”, o “Si es el Día de la Madre, no va a venir nadie”? Y la excusa se acepta como razonable. Es que resulta innegable que el rol maternal tiene un prestigio importante en nuestra matriz cultural, y de alguna forma ese significado social ha sobrevivido a otros cambios o desmitificaciones, no sin embates ni incambiado.

¿De qué hablamos cuando hablamos de maternidad hoy? Las respuestas a esta pregunta pueden ser muchas, pero en su base sigue presente el peso del núcleo duro de la maternidad, combinado con una sensibilidad personalista en mayor o menor medida. Para hacernos una idea, recuerdo que cuando era niña le compré a mi madre un pequeño cuadro, donde un acróstico decía: “Madre es Amor, Devoción y Raudal de Esperanza”. Hoy, al sentarme a escribir este artículo, como disparador de ideas puse “madre” en el navegador de internet esperando encontrarme con algo similar, y lejos de un poema sentimental, la computadora me presentó las siguientes opciones: “madre tierra productos, madre teresa de Calcuta, madre de harry potter, madreselva, madre novela turca, madre canal 10, madres de la cruz”. En una primera lectura, no pude menos que reírme. Casi enseguida reflexioné que no estaba tan lejos del acróstico: allí se encontraba el concepto de madre como quien nutre, el de madre en el de servicio gratuito al otro, el de santidad, el del sacrificio por el hijo hasta dar la vida, el aroma dulce y suave de una flor, un producto cultural —una novela, supongo— que de alguna manera representa el rol social como relevante, una asociación civil —esto requirió una búsqueda adicional— que en un barrio carenciado de Montevideo “elige la educación como herramienta para promover al ser humano en sus tres aspectos: psíquico, físico y espiritual”. No es poco para hablar de simbolismo cultural y social.

Para los católicos, es imposible pensar el concepto de maternidad sin asociarlo a María, madre espiritual de todos los creyentes por mandato de Jesús. En el texto evangélico, la Iglesia representada por el apóstol Juan recibe a María como a su propia madre. María es el corazón de la primera comunidad cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que es “…nuestra Madre en el orden de la gracia”.

Pero: ¿qué significa ser “madre” en el sentido humano y social del término para los hombres y mujeres de hoy? Por supuesto, la referencia primaria es la de la maternidad biológica, vinculada a la capacidad de la mujer de engendrar vida, y nutrirla. En un mismo nivel está la maternidad por adopción, con todas sus posibles materializaciones. Hablamos de un vínculo y un proceso, que hacen entrar en juego como pocos aquello de dar con amor y liberalidad. Dar es una entrega a otro. Las Escrituras, en Hechos 20:35, nos recuerdan las palabras de Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”. Porque cuando intentamos describir la experiencia de ser madre, encontramos que las palabras se quedan cortas. Exigente, agotadora, y al mismo tiempo una inmensa bendición. Es sentir que nunca estamos dando lo suficiente. Es aprender el respeto y la empatía, en primera persona, frente al mal en el mundo y el dolor ajeno. Es querer salvar el mundo. Es redescubrir la esperanza. Y es una experiencia única, intransferible, personal y diferente para cada mujer.

Hoy como nunca el rol social de la maternidad se abre a un abanico de opciones. Madres que trabajan afuera, madres que trabajan desde su casa, madres que dejan sus carreras para asumir este nuevo rol, madres que eligen el rol de ama de casa como su vocación… y ninguna opción es la única correcta, ni las etiquetas importan.

Hay mujeres que por algún motivo no han podido tener hijos, o eligen no tenerlos. Las hay que renuncian a la maternidad biológica por proyectos personales incompatibles con ella; y las hay que utilizan a sus hijos como una herramienta para su proyecto de realización personal, buscando recibir sin dar. Y están también aquellas mujeres que, renunciando a la maternidad personal, se vuelcan a la espiritual, consagrando su vida al servicio.

La narrativa, recorte concentrado de la realidad, nos propone ejemplos de todas ellas. Para una referencia popular cercana, tomemos algunos personajes de Game of Thrones: Catelyn Stark, la matriarca del Norte es la madre en su rol más clásico, pero no renuncia a sus prerrogativas como gobernante; Cersei Lannister, la despiadada y ambiciosa reina, tiene como único factor de redención el amor a sus hijos; Olenna Tyrrell no duda en utilizar a sus nietos, para quienes cumple el rol de madre, a efectos de escalar posiciones; Selyse Baratheon consiente la decisión de sacrificar a su hija al dios del fuego para asegurar el triunfo de su esposo en la guerra. Arya Stark, por su parte, deja en claro que su vocación no pasa por la maternidad ni el matrimonio, por lo menos de momento, en un estilo de mujer que comienza a tornarse paradigmático en la realidad del siglo XXI.

Un resultado que acompaña a los nuevos modelos de maternidad ha determinado la tendencia a la baja marcada en la tasa de nacimientos para todo Occidente, de la cual Uruguay no escapa. En los últimos tres años, en nuestro país, los nacimientos se han desmoronado un 15%. La caída se adelantó 30 años o más, y seguramente afectará la pirámide poblacional en el futuro. Hoy más de la mitad de la población en el mundo vive en países cuya tasa de fecundidad está por debajo del nivel de reemplazo, y hasta se habla de “suicidio demográfico”.

Esta caída en los guarismos se explica, en buena medida, por la postergación de la maternidad. Cada vez es más común que las futuras madres retrasen el nacimiento de su hijo en función de su “deseo de vivirlo plenamente”. Postergarla suele obedecer al deseo de dar prioridad al desarrollo profesional, o a otros proyectos alternativos. Parece ser un signo de los tiempos y aunque los médicos no lo recomienden, los datos demuestran que es una decisión que se toma cada vez con más frecuencia.  

Los avances en tratamientos de fertilidad, y su fácil acceso a costos reducidos o hasta gratis por parte de los servicios de prestación de salud, han facilitado la toma de decisiones en este sentido. Los 40 y tantos o incluso más años que la madre dedicó antes a “disfrutar la vida”, le transmiten una cierta convicción de que podrá volcarse a disfrutar esta nueva experiencia, concentrándose en ella sin distracciones y sin añorar renuncias. Y tras estas justificaciones, percibidas a modo de ventajas, se pierden de vista los costos sociales de sus decisiones. “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el sol” decía ya Cohéleth en Libro del Eclesiastés por el siglo III a.C. Milenios más tarde, todavía parece que los seres humanos no hemos aprendido la lección.  

La maternidad, decíamos, es tal vez una de esas experiencias, si no “la” experiencia, que más nos acerca a una comprensión integral de la frase según la cual “La felicidad está más en dar que en recibir”. Exigente, agotadora, aunque sea al mismo tiempo una inmensa bendición. Todos parámetros poco compatibles con ajustarla a la conveniencia y el gusto de cada uno. “Madre es Amor, Devoción y Raudal de Esperanza”, decía asimismo mi acróstico. Una sociedad que no apuesta a la vida, es una sociedad sin futuro. No dejemos que la inercia nos gane en este camino. La batalla la libramos todos, cada día. Celebrar cada año un nuevo Día de la Madre bien puede ser un momento para afrontar como sociedad, desde la fe y la esperanza, un nuevo camino.

Laura Álvarez Goyoaga