Con el acelerador a fondo… Ansiedad en el tercer milenio

La sensación de ansiedad es una reacción normal del ser humano, como respuesta a situaciones de alerta o de peligro. Por ejemplo, lo que podemos experimentar frente a una prueba, un evento deportivo de alta exigencia, o el tener que dar un examen. En estos casos puede ser de ayuda para un mejor rendimiento en el momento adecuado o preparar nuestro cuerpo y nuestra mente frente a la huida en situación de peligro real y así ponernos a salvo.

En cambio los trastornos de ansiedad, son estados patológicos que se caracterizan por la presencia de ansiedad, preocupación o miedo excesivos como respuesta a una amenaza interior desconocida, vaga o conflictiva y no a un peligro real. Estas respuestas inadecuadas de ansiedad pueden ser desencadenadas por estímulos internos (como las emociones, pensamientos, ideas o imágenes), o externos (situaciones u objetos como en el caso de las fobias). Estos trastornos de ansiedad son cada vez más frecuentes en la práctica médica y la calidad de vida de las personas afectadas se ve disminuida, pudiendo producirles daño tanto a nivel individual como familiar y social.

Las personas con trastornos de ansiedad pueden presentar los siguientes síntomas: inquietud, irritabilidad, impaciencia, insomnio, inseguridad, incapacidad para concentrarse, taquicardia, trastornos digestivos (náuseas, diarrea), tensión muscular, temblores, sudoración, hormigueos, aumento o disminución del apetito, falta de aire a veces mencionada como una “incapacidad para llenar los pulmones”, y temor (a no ser comprendido, a volverse loco, a la muerte).

Estos trastornos de ansiedad se pueden clasificar en fobias (social, por ejemplo a hablar en público; o específicas: arañas, insectos, algunos animales); agorafobia (miedo a encontrarse en lugares o situaciones en las cuales escapar o pedir ayuda puede resultar difícil), trastorno de ansiedad generalizada con preocupación persistente y excesiva frente a diversos acontecimientos o actividades en los últimos meses; trastorno de angustia con crisis recurrentes e inesperadas; se han incluido también la ansiedad de separación y el mutismo selectivo. Es importante valorar si existe consumo de sustancias como el alcohol, la marihuana, cocaína, hormonas tiroideas, exceso de cafeína y algunos psicofármacos. Deberá descartarse también que no sean debidos a otras enfermedades como el hipertiroidismo y algunas patologías cardiovasculares y respiratorias.

Los trastornos obsesivos compulsivos (temor excesivo a algo que lleva a realizar rituales repetitivos para disminuir la ansiedad), como el que presenta el protagonista de la película “mejor imposible”, y los trastornos de estrés post traumáticos están vinculados también a estas alteraciones.

¿A que teme el ser humano moderno, que nos angustia tanto?

Ciertamente las neurociencias pueden explicar con bastante precisión el mecanismo fisiopatológico de estos trastornos y a ellos encaminar los diversos tratamientos tanto farmacológicos como no farmacológicos. Pero ¿qué está en la base, además de una cierta predisposición genética, que hace que el número y la edad de los afectados se haya ampliado tanto? El ser humano es un ser en el mundo, y su estilo de vida, sus relaciones, su ocupación y sus actividades influyen en su salud a veces mucho más que su genoma. Y es además sobre esto donde podemos actuar para poder mejorar su calidad de vida. Como vimos estos trastornos pueden llegar a ser muy incapacitantes para quienes los padecen.

Pero ¿de dónde nos viene la fortaleza interior para poder afrontar cada día los desafíos que nos atañe el vivir? Y ¿por qué sentimos tantas amenazas que nos impiden desarrollar una existencia plena?

El hombre es un ser problemático y como sostiene Max Scheler “ya no sabe lo que es y se da cuenta de que no lo sabe”. La vida en las grandes urbes se ha vuelto acelerada y estrepitosa. “Cuanto menos sabe el hombre que propósito darle a su vida, tanto más él acelera el ritmo de la vida misma” (V. Frankl). En la era de las comunicaciones se nos hace cada vez más difícil escuchar y ser comprendidos. Malos entendidos surgen por doquier y nos llenan de preocupaciones ya que afectan nuestra relación con los demás. La superficialidad en los vínculos es algo que se desprende también de la falta de tiempo y cúmulo de actividades. Tal vez muchos no sepan para donde van, pero de todos modos vamos corriendo. Lo vertiginoso de la vida nos desconecta de lo esencial. Las sociedades modernas a pesar de ofrecernos muchos medios, no logran facilitar las condiciones prácticas de la vida, para su desarrollo integral y pleno, encontrándose la persona muchas veces perdida en medio de una selva de cemento. La fragmentación de las familias, dejan expuestos sobre todo a sus miembros más vulnerables y la globalización va borrando poco a poco las costumbres y tradiciones de cada cultura. Sin raíces y sin un lugar seguro donde descansar y sentirnos cuidados, protegidos, amados, comenzamos a andar en reserva, y frente a nuevas crisis, nuestra salud mental y física se reciente, hasta que sentimos que no damos más. Para colmo, frente a nuestra obstinación para el cambio, el cuerpo comienza a expresarlo en forma de síntomas y nuestra vida se ve aún más complicada entre consultas, estudios y hospitalizaciones, mermando nuestra capacidad de ocuparnos de las tareas laborales y familiares con normalidad. El vacío existencial se va llenando de otras cosas y aparecen en escena la violencia, las adicciones, la muerte, el miedo. Los actos terroristas se extienden cada vez más por el mundo, sitios devastados por las guerras y las amenazas de armas con un poder destructivo ni siquiera imaginado, armas que se compran con el dinero que se les priva a los pobres y necesitados de este mundo. La paz en la tierra, en la sociedad, en el hogar y en nuestros corazones se ve drásticamente afectada.

El cuidado de la casa común se nos escapa de las manos y el ser humano que debiera velar por la naturaleza, está siendo su depredador. Por su parte las inclemencias del tiempo y los fenómenos naturales amenazan y devastan ciudades enteras. Todo esto no es nuevo, pero sucede a nuestro alrededor. Las noticias logran que estemos al tanto de todos estos hechos y el caos parece reinar. “En estos tiempos de naufragio, aparecen hundimientos pero también búsquedas de equilibrio” (C.Bernal).

El rezo del Santo Rosario trae calma a nuestra vida

Comenzando con el mes de octubre empezamos el mes dedicado a esta antigua oración que también tiene algo que aportar a los hombres y mujeres del tercer milenio. Por su sencillez y profundidad se convierte en un elemento útil y eficaz a la hora de traer paz al corazón, al hogar y a la sociedad toda. Vale la pena disponer de media hora al día para hacer una pausa y dejar deslizar lentamente las cuentas del rosario, mientras meditamos entre oraciones sencillas y cargadas de significado, los distintos pasajes de la vida de Cristo. Y es que el rosario es fundamentalmente un ejercicio de contemplación, no se trata simplemente de repetir sin más, sino de contemplar el misterio que se abre como novedad cada día frente a nosotros, en nuestra vida, y así según el momento particular que estemos viviendo irá develando para nosotros las claves de la existencia humana.

Citando a San Juan Pablo II, meditar con el rosario cada día es como ir a la escuela de María para aprender a “leer” a Cristo, y así en ese trato cotidiano, en pocos días repasamos este compendio del evangelio donde se resumen las principales enseñanzas de la vida de Jesús y de María, incorporando por el trato asiduo sus gestos y manera de proceder a nuestra propia vida.

El rosario no es una especie de amuleto que nos proteja por el solo hecho de portarlo. Su valor reside en poder rezarlo. Al principio puede costar el aprender cuales oraciones van en cada cuenta y puede ser beneficioso rezarlo junto a alguien más que pueda guiarnos, pero luego es como conducir, una vez que hemos automatizado los cambios que debemos hacer, podemos disfrutar del viaje y todo fluye más naturalmente. Pronto puede convertirse en un compañero de camino que no solo nos ayuda a meditar sino que recibimos abundantes gracias espirituales que fortalecen nuestra vida y la de nuestro entorno. Familia que reza unida… permanece unida.

El mismo San Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el Santo Rosario sostiene que “quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida descubre también en El la verdad sobre el hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazareth se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el reino de Dios, y siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno está llamado si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo se puede decir que cada misterio del Rosario bien meditado, ilumina el misterio del hombre”.

El rosario, con su sencillez y profundidad ha acompañado la vida de muchos hombres y mujeres de todos los tiempos que han alcanzado aquí en la tierra la plenitud de la vida, y cada uno de ellos lo ha recomendado como herramienta eficaz en el camino del cristiano. Es así que al pensar en él nos evoca a San Juan Bosco, el Padre Pío, quien no dejaba de pasar las cuentas por sus dedos, San Juan Pablo II, Santo Domingo de Guzmán, San Luis María Grignon de Montfort, Santa Bernardita, los niños Lucía, San Francisco y Santa Jacinta Marto, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Sales, Santa Rosa de Lima, San Camilo y San Felipe Neri, y tantos otros que la lista es interminable, así como la de tantas personas que aunque no estén en los altares, han llegado a la santidad en forma tan cotidiana como anónima.

Encontrar en medio del bullicio de cada día un momento de recogimiento interior y de silencio que nos permita poner en sintonía el palpitar de nuestra vida, nuestras preocupaciones y anhelos, en las manos de María presentadas ante Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es ciertamente el tiempo mejor invertido. Como mencionaba León XIII, el rosario es un instrumento eficaz ante los males de la sociedad. Porque… no hay nada más humano que rezar.

Silvana Fiamene