El Caso de Richard Jewell

Clint Eastwood, con sus casi 90 años, siempre hace buenas películas. Pero de vez en cuanto nos sorprende con una excelente, de antología. Este es el caso de Richard Jewell, un film basado en una historia de la vida real, donde reincide en la temática de presentarnos héroes en apariencia débiles, pero llenos de fuerza espiritual.

Richard Jewell es un guardia de seguridad quien, bajo el acoso desalmado de la prensa sensacionalista, y el avasallamiento de sus derechos por parte del FBI, pasó de ser un héroe al haber salvado la vida de cientos de personas cuando la explosión de una bomba durante las Olimpíadas de Atlanta en 1996, a ser acusado de haber perpetrado el atentado terrorista.

El guión es claro y directo. Los actores, excelentes. Se destacan Paul Walter Hauser (Yo Soy Tonya) en el rol de Jewell, Sam Rockwell (Tres Anuncios de un Crimen) en el de su abogado, y Kathy Bates (Misery) en el de su madre. Los tres se merecían nominaciones al Oscar, pero solo le tocó a Kathy Bates. Y esta fue la única nominación por cualquier concepto, lo cual no es de extrañar, porque suele ocurrirle a Clint Eastwood, comprometido con decir su verdad y no con tocar la música de lo políticamente correcto.

¿Cuál es la frutilla en la torta para esta película? Que derriba el omnipresente mito según el cual los periodistas son los héroes de nuestro tiempo, con una dimensión casi sobrehumana. La prensa, en este caso, detonó y a posteriori alimentó la odisea que debió atravesar Jewell en la vida real, debido a una falsa acusación que se repartió a los cuatro vientos con la soberbia propia de la superioridad. Si algo queda claro en Richard Jewell es ese tic periodístico que embandera a algunos, bajo la excusa de la “verdad” y “el público tiene derecho a estar informado”, con el derecho a atacar impunemente a cualquiera, sin restricciones y sin responsabilidad emergente. A ese tipo de periodismo le encanta pegar, pero no le gusta nada que le peguen… y tal vez esté allí la explicación de por qué un film aclamado por el público, no tuvo la misma entusiasta recepción en el gremio periodístico. Valga a título ilustrativo: en el sitio Rotten Tomatoes, la crítica le dio un puntaje de 74%, contra un rotundo 96% del público.

La dinámica en situaciones como esta pasa por encontrar justificaciones, y la principal crítica en este sentido al film por parte de la prensa se apoya en cómo, presuntamente, se ha retratado en forma injusta a la reportera del Atlanta Journal Constitution que detonó la primicia de que el FBI estaba investigando a Jewell como sospechoso. Sin embargo, la misma explicación no ha valido en otros casos, cuando el difamado no fue un periodista. En producciones como Spotlight, por ejemplo, donde los reporteros de investigación aparecen retratados como héroes, cuando alguien criticó alguna inexactitud en el guión, la respuesta del establishment, traducida a lenguaje coloquial, fue algo así como “No hagas drama, es solo una película”. ¿Sería lícito interpretar entonces que tal regla no vale en sentido contrario?

Lo cierto es que Richard Jewell es una película acerca de cómo la prensa y el abuso de poder arruinan la vida de un hombre y lo convierten en chivo expiatorio. Nos alerta acerca de que no debemos creer todo lo que leemos en la prensa, al mismo tiempo que nos recuerda cómo, en las circunstancias difíciles, la fe, los amigos verdaderos y la familia son la tabla de salvación para superar la adversidad. Lo hace a través de la historia cargada de humanidad de un hombre común y corriente, enfrentado a fuerzas mucho más poderosas que él.

Todo ello marcando en imágenes simbólicas de cómo, por más que la pesadilla llegue a su fin, se reviertan las arbitrariedades y se haga justicia, hay cosas que jamás volverán a ser como antes. Hay daños que es imposible reparar. Ver a Kathy Bates, intentando sin éxito borrar el número impreso con marcador indeleble de su tupperware cuando el FBI se lo devuelve al cerrar la investigación, es toda una metáfora, que nos deja mucho para reflexionar.

Laura Álvarez Goyoaga