COVID-19: mucho más que salud y economía

Abundan noticias de cómo COVID-19 está impactando en la salud y en la economía. No son tantas las que refieren a la dimensión espiritual. Por ello compartimos en esta nota algunos párrafos de lo comunicado por dos sacerdotes: la primera es una publicación en Facebook del Pbro. Pablo Coimbra (Parroquia de la Aguada – Montevideo). La segunda, es un extracto de la carta que con motivo de la cuaresma dirigió a su diócesis el Obispo de Canelones Mons. Alberto Sanguinetti, cuyo texto completo se encuentra en el link al final del artículo.

Pbro. Pablo Coimbra: al fin de cuentas es un debate contra nosotros mismos.

En esta hora el mundo se debate en una lucha contra la última mutación del coronavirus. Al fin de cuentas es un combate contra nosotros mismos, se trata de una batalla en la que nos enfrentamos a nuestra cultura, costumbres, hábitos, gustos y afectos, a riesgo de ser infectados por la peste global. Las consecuencias son de temer, no solo por la posibilidad de ser contagiados e incluso morir, sino que, además, se ha puesto en vilo la economía, de forma grave se ven socavadas las fuentes laborales, la producción, el desarrollo. Y como siempre los pobres son los que primero y mayormente sufren.
Este escenario crítico, como tantas otras veces en la historia humana, nos enfrenta a verdaderos dilemas éticos. La escasez de camas en los CTI y el insuficiente número de respiradores para asistir a todos los enfermos de gravedad, las góndolas vacías de papel higiénico, los sobreprecios de estafa del alcohol en gel, entre otro sinnúmero de situaciones, nos ponen de cara a inevitables encrucijadas que -en el caso extremo- llevará a tener que decidir a quién se le da la posibilidad de vivir y a quién no.
Pero lo peor no es nada de esto. La más dura batalla, el verdadero combate, es espiritual. En razón de esta epidemia, con gran dolor para nuestros pastores, en el colmo de lo esperable, la Iglesia se vio obligada, para proteger a sus fieles, a suspender las Misas públicas.
Recordemos al Apóstol “Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. ” (Efesios 6,12-13).

Carta de Mons. Alberto Sanguinetti: un llamado a revisar la razón frente a las ideologías que aparentan ser razonables.

…Experimentamos, casi de golpe, nuestra pequeñez, nuestra inseguridad, tanto personal como en comunidad. Un pequeño virus nos ha dado vuelta a todos. Hemos comenzado la cuaresma con la advertencia sapiencial: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”.

Nuestra debilidad, las limitaciones que debemos imponernos en nuestros hábitos, movimientos y gustos, nos llaman a una profunda reflexión sobre lo que es importante o no en nuestra vida. Es una invitación a revisar la vida, según los mandatos y las exigencias del Evangelio. Cristo nos proclama: “Quien quiera salvar la vida la perderá; quien la pierda por mí, la encontrará. ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt.16,25-26).

El valor de la vida en toda circunstancia. El valor supremo de la fe. La vida y la salud son un gran bien, que debemos buscar preservar. Por eso, la Iglesia defiende la vida humana desde su concepción, la del niño que está en el vientre de la madre, y la de todo hombre, aún del anciano y del enfermo.

El valor de la vida, que la epidemia nos hace destacar, muestra la insania de quienes, después de haber defendido el aborto – con la consecuencia de miles de vidas humanas segadas – , ahora quieren propugnar la llamada eutanasia. En un país que tiene los mayores índices de suicidio, incluido el juvenil, se propugna naturalizar socialmente la muerte autoinfligida. Cuando los médicos luchan por la vida, se quiere hacerlos indiferentes a provocar la muerte de quien se lo pidan.

Sin lugar a dudas, estas aberraciones aparecen más patentes, cuando se lucha por cuidar la vida de tantos débiles, especialmente ancianos.

Esa mentalidad de quienes ponen en manos de los hombres la vida de los otros, sean legisladores, pensadores, o simples ciudadanos, es una última consecuencia de la negación de Dios, como principio y fundamento de la existencia y como defensor de cada uno de los seres humanos, aún pequeños o débiles.

Es, pues, esta circunstancia, un llamado a revisar la razón frente a las ideologías que aparentan ser razonables (defender la vida de una madre contra la del hijo, matar al que sufre para aliviarlo) y que son una cultura de muerte.

También hemos de pensar en que no somos los dueños de la vida: ni la creamos, ni la sustentamos. Es un don de Dios, a ser vivido con Él y ante Él, sostenidos por la verdad y la gracia.

Todo esto nos hace ver que siendo la vida un valor altísimo, ella misma está sujeta a la razón y a la verdad, a Dios mismo. La vida que ha de ser cuidada, en último término ha de ser entregada, personalmente a Dios. Ese es el don libre de la fe, que no niega la razón, sino en el que la razón llega a su plenitud de sentido y de libertad.

(…) Recordamos en estas circunstancias a nuestros mayores que se entregaron en medio de distintas epidemias. El Vicario Apostólico, José Benito Lamas, partícipe de la revolución desde el comienzo, falleció víctima de la epidemia de fiebre amarilla de 1857, atendiendo a los afectados. Mons. Jacinto Vera se prodigó en las epidemias se la década siguiente y muchos sacerdotes de ambos lados del Plata fallecieron por su entrega…